Eso es una expedición, de lujo eso sí, y precisamente ahí está la diferencia con cualquier otro crucero. Durante nueve noches, el Silver Endeavour nos llevó desde Tromsø hacia el norte, pasando por Skarsvåg y Bear Island antes de adentrarse en el archipiélago de Svalbard. Después llegarían Poolepynten, Hamiltonbukta, Texas Bar, Faksevågen, Fjortende Julibukta, Signehamna, Recherchebreen y Bamsebu, hasta concluir el viaje en Longyearbyen.
Reportaje perteneciente a la revista CruisesNews nº78 – Septiembre 2026
Sobre un mapa, el itinerario puede parecer una sucesión de nombres remotos, pero el Ártico no se entiende sobre un mapa, se entiende estando allí. Cada escala puede ser un paisaje, una historia, un encuentro con la fauna, una navegación entre hielos o sencillamente la oportunidad de permanecer en cubierta mirando un horizonte que no se parece a ningún otro.
El sol de medianoche
Durante todo el viaje hubo algo que nunca cambió: la luz. Desde que llegamos a Tromsø hasta nuestro desembarco en Longyearbyen, nunca anocheció. Durante nueve noches navegamos bajo un cielo que se negaba a oscurecer, en ese extraordinario fenómeno del verano polar en el que el sol permanece sobre el horizonte las veinticuatro horas del día.
Al principio resulta extraño. El reloj dice que es medianoche, pero el paisaje conserva la claridad del día. Sales a cubierta después de cenar y descubres una luz dorada que transforma las montañas, el mar y el hielo.
El sol de medianoche no significa, sin embargo, una luz idéntica durante las veinticuatro horas. Y quizá ahí reside una de las grandes bellezas del fenómeno. La luz cambia constantemente, se vuelve más suave, las montañas adquieren nuevos tonos, los glaciares parecen teñirse de azul y rosa y el mar refleja una claridad que en cualquier otro lugar asociaríamos al final de la tarde, aunque aquí esa tarde nunca termina.
Esa ausencia de oscuridad terminó formando parte de la propia experiencia de la expedición. Podías despertarte de madrugada, abrir las cortinas y seguir viendo el paisaje. A cualquier hora podía aparecer una ballena, un grupo de aves o una nueva formación de hielo.
El barco como refugio
En una expedición polar el barco no es simplemente el medio de transporte. Se convierte en refugio, observatorio, base de operaciones, aula y en ocasiones, la única referencia de confort en medio de un territorio que no ha sido diseñado para nosotros. Y estamos hablando de mucho confort.
El Silver Endeavour fue construido para navegar en algunos de los entornos más exigentes del planeta. Con clasificación Polar Class PC6, capacidad para 220 huéspedes y 207 tripulantes, representa esa nueva generación de buques de expedición que intenta resolver una ecuación compleja: llegar más lejos sin renunciar al espacio, el servicio y el confort propios de un producto de ultralujo. Todas sus suites cuentan además con balcón, algo especialmente valioso en un viaje donde la naturaleza está presente en cada momento. Aquí el lujo no compite con la expedición, sino que la acompaña.
Después de moverte en una Zodiac expuesto al frío, al viento y a la humedad, volver al barco era un momento maravilloso. El servicio a bordo tiene además esa cualidad difícil de definir que distingue a los mejores barcos, está presente sin invadir. En un viaje donde los planes pueden cambiar por el viento, el hielo o la aparición de un animal, todo parece fluir, aunque detrás haya una enorme cantidad de trabajo.
La rutina de este crucero estaba sustentada sobre expectativas. Por la mañana podía haber un desembarco previsto, siempre en Zodiac, y por la tarde quizá otra escala, pero bastaba con que el puente recibiera información sobre la presencia de ballenas, hielo navegable o un oso polar para que el programa cambiara y cambiar de planes solía ser una buena noticia.
El equipo de expedición del Silver Endeavour estaba formado por un grupo numeroso de especialistas que no estaba allí simplemente para acompañar las excursiones, sino para ayudarnos a interpretar todo lo que estábamos viendo. Cada día, los briefings se convertían en una parte esencial del viaje. Más que reuniones sobre horarios o vestimenta, eran una forma de comprender el territorio, las condiciones del hielo, la evolución del tiempo, los animales que podían aparecer y la historia de cada glaciar, bahía o asentamiento. Nos enseñaban también a mirar, a reconocer un movimiento en la ladera, identificar un ave, interpretar las marcas del hielo o entender por qué las morsas habían elegido aquel lugar. Su experiencia y pasión hicieron que el viaje fuera mucho más que una colección de fotografías espectaculares y que, poco a poco, una empezara a sentirse, modestamente, parte de la expedición.
Skarsvåg y el comienzo del norte
Llegamos a Skarsvåg, una pequeña localidad situada en el extremo norte de Noruega, cerca del Cabo Norte. Después de Tromsø, aquella primera escala ya era una declaración de intenciones. Las ciudades empezaban a desaparecer, la presencia humana se reducía y el paisaje comenzaba a ganar. Llegar al Cabo Norte produce una sensación curiosa. Hay algo profundamente simbólico en acercarse a uno de esos lugares que durante siglos representaron para los navegantes el borde del mundo conocido. Pero el viaje apenas estaba empezando.
Al día siguiente alcanzamos Bear Island, Bjørnøya en noruego, aislada entre Noruega continental y Svalbard. La isla es conocida por sus impresionantes acantilados y sus enormes colonias de aves marinas.
La navegación en Zodiac frente a aquellas paredes plagadas de miles de aves fue uno de los primeros grandes momentos del viaje. Frailecillos, gaviotas tridáctilas y araos se movían entre las rocas y el mar, mientras el ruido de la colonia hacía casi imposible comunicarnos. Nos quedamos allí, simplemente mirando, conscientes de estar en uno de esos lugares remotos que difícilmente se olvidan.
Poolepynten y el encuentro con las morsas
Si hay una imagen que representa la personalidad del Ártico es probablemente la de una colonia de morsas descansando sobre una playa. Poolepynten nos ofreció uno de esos encuentros que ninguna fotografía consigue reproducir completamente. Enormes, pesadas en tierra y sorprendentemente ágiles en el agua, las morsas tienen algo casi prehistórico: los cuerpos agrupados, los colmillos, los movimientos lentos y sus sonidos.
Pudimos experimentar ese momento sin invadir su espacio. Las nuevas normas de protección de Svalbard establecen desde 2025 una distancia mínima de 150 metros respecto a los lugares de descanso de las morsas. Una norma que recuerda algo fundamental: observar no significa tener derecho a acercarse. Pero estuvimos en tierra y lo suficientemente cerca para escucharlas y quizá por eso el encuentro resultó todavía más poderoso. Ese día también pudimos ver varios renos del Ártico en su hábitat. De llorar.
Osos polares y el Ice Edge
Y llegamos a Hamiltonbukta avistando nuestro primer oso polar, lo que impidió el desembarque. Todos nos volvimos locos sacando fotos y vídeos de aquel animal solitario que caminaba entre las rocas, lejos, bastante lejos. En el Ártico es difícil describir la escala real de las cosas. Probablemente ningún animal representa tanto la imaginación del Ártico como el oso polar. Todos queremos verlo, aunque nadie debería querer encontrarlo demasiado cerca.
Las nuevas normas de protección de Svalbard establecen una distancia mínima de 300 metros respecto a los osos polares durante la mayor parte del año, y de 500 metros entre marzo y junio. Puede parecer una limitación y en realidad, no debería entenderse así. La distancia protege al animal y reduce la posibilidad de perturbación. Pero hay algo más: ver un oso polar desde una distancia que obliga a utilizar prismáticos o teleobjetivos devuelve al encuentro una cierta honestidad. El animal sigue siendo libre. No se acerca para nosotros, no actúa para nosotros, no está allí para convertirse en nuestra fotografía.
Ese día continuamos navegando más al norte, hasta el llamado Ice Edge, el límite donde el mar abierto comienza a encontrarse con el sea ice, el hielo marino que se forma directamente sobre el océano. Frente a nosotros aparecía una extensión de placas de hielo a la deriva, fragmentadas y en continuo movimiento por el viento y las corrientes. Era el verdadero High Arctic, el punto hasta el que las condiciones permitían avanzar al Silver Endeavour. Su clasificación PC6 le permite navegar entre placas de hielo de cierto grosor e incluso romperlo.
Fuimos muy afortunados, porque las condiciones meteorológicas no siempre permiten llegar hasta allí.
Historia, hielo y glaciares
De regreso hacia el archipiélago, la experiencia no decae. En el Ártico también existen las historias humanas, restos de exploraciones, cazadores, tramperos y expediciones científicas que intentaron hacer vida en uno de los territorios más hostiles del planeta. Texas Bar es uno de esos asentamientos que recuerdan ese pasado.
Pero otro de los momentos estelares llegaría en Monacobreen, uno de los grandes glaciares de Spitsbergen, que se adentra en Liefdefjorden. Su enorme frente de hielo, de varios kilómetros de anchura, se eleva sobre el agua y ofrece un espectáculo difícil de describir. Tuvimos además la fortuna de presenciar un desprendimiento desde la Zodiac. Hacía sol, no hacía frío y navegamos muy cerca de aquel hielo azul. Fue uno de esos momentos en los que el paisaje parece suficiente por sí mismo.
Faksevågen y Alkefjellet ofrecieron después dos experiencias muy diferentes. En Alkefjellet, los enormes acantilados de basalto sirven de refugio a decenas de miles de aves marinas. No se desembarca; la Zodiac se acerca a la base de las paredes mientras una nube constante de aves sobrevuela nuestras cabezas.
En Fjortende Julibukta, el protagonista volvió a ser el hielo. El glaciar Julibreen se levanta frente al agua y navegar en Zodiac junto a su pared, entre los bloques desprendidos, es una experiencia difícil de comparar con cualquier otra. El glaciar no es simplemente blanco, tiene color, matices azules y una textura que cambia con la luz.
Signehamna añadió otra dimensión al viaje, la historia. La bahía conserva restos de una estación meteorológica alemana secreta de la Segunda Guerra Mundial, un recordatorio de que incluso estos paisajes aparentemente intocados guardan huellas humanas.
Recherchebreen y Bamsebu
Los últimos días nos llevaron hacia el sur del archipiélago, donde naturaleza e historia volvieron a encontrarse.
Recherchebreen es un imponente glaciar que desemboca en el Recherchefjorden y que, al retroceder, ha ido formando una hermosa laguna proglacial. Bamsebu, en Van Keulenfjorden, conserva en cambio la memoria de la antigua caza de belugas. En la playa todavía pueden verse restos de aquella actividad, una imagen sobrecogedora que contrasta con la belleza del paisaje.
Ese día nos dijeron que un oso polar había estado paseándose por la zona esa misma mañana y que por seguridad, no podríamos desembarcar. No lo vimos, pero sí encontramos más morsas, una foquita jugando por la playa y, como siempre, muchas aves que parecían no acusar nuestra presencia.
Y llegamos a Longyearbyen, el mayor asentamiento de Svalbard, nuestro punto de desembarque y el final de una expedición que, en realidad, parecía haber terminado demasiado pronto. Silversea incluye el vuelo chárter hasta Oslo, donde decidimos quedarnos un día más porque la capital noruega es siempre un buen fin de viaje.
Durante nueve noches convivimos con una realidad que funciona según reglas completamente diferentes. La naturaleza marca los tiempos, el hielo decide parte de la ruta y los animales, como no puede ser de otra forma, aparecen cuando quieren. Junto con la meteorología, forman parte importante del cuadro de mando de este espectacular viaje por el Ártico con Silversea.
El verdadero lujo
He navegado en barcos donde el lujo se mide en metros cuadrados, en el número de restaurantes, en el tamaño de una suite o en la exclusividad de determinados servicios. Todo eso formó parte de este gran viaje a bordo del Silver Endeavour, pero en el Ártico el concepto adquiere otra dimensión. El verdadero lujo no es solo el champán, el caviar, el maravilloso spa, el restaurante francés y un mayordomo que atendió toda y cada una de nuestras demandas sino poder estar allí y, sobre todo, poder hacerlo sabiendo que la experiencia no debe construirse a costa de aquello que hemos venido a admirar.
Ese equilibrio será probablemente uno de los grandes retos del turismo de expedición en los próximos años. El Silver Endeavour representa una de las respuestas posibles, un barco diseñado para la exploración polar que combina tecnología, capacidad operativa, confort y una estructura de expedición capaz de convertir cada jornada en una experiencia de descubrimiento, con un cuidado y respeto extremos por el entorno.
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