Hay barcos que impresionan por su tamaño. Otros por la espectacularidad de sus instalaciones o por la capacidad de incorporar cada nueva tendencia que surge en la industria. Y luego están aquellos cuya personalidad trasciende cualquier cifra. Barcos que no necesitan ser los más grandes ni los más innovadores para dejar huella. Barcos que parecen poseer alma propia. El Wind Surf pertenece a esa categoría.
Reportaje perteneciente a la revista CruisesNews nº77 – Junio 2026
Atracado en Barcelona antes de iniciar una navegación por la costa mediterránea entre España y Francia, su silueta destaca de inmediato entre el paisaje habitual de terminales y grandes cruceros. No es una cuestión de dimensiones. En una ciudad acostumbrada a recibir algunos de los mayores barcos del mundo, el Wind Surf podría pasar desapercibido si nos limitáramos a observar su tamaño. Sin embargo, basta una mirada para comprender que estamos ante algo diferente.
Sus cinco mástiles se elevan sobre el puerto como un recordatorio de una época en la que navegar constituía una aventura en sí misma. La elegante línea de su casco, la proporción de sus cubiertas y la presencia de las velas plegadas sobre la arboladura evocan un romanticismo marítimo poco frecuente en la industria contemporánea.
Incluso antes de embarcar, el barco transmite la premisa de que aquí el viaje será tan importante como los destinos. No es casualidad que Windstar Cruises haya construido toda su identidad alrededor de esa idea.
En un momento en el que buena parte del sector se ha orientado hacia barcos cada vez mayores y experiencias cada vez más complejas, la compañía estadounidense ha seguido un camino diferente. Su propuesta no consiste en ofrecer más de todo, sino en ofrecer algo distinto. Una experiencia más cercana, más personal y más vinculada al mar.
La filosofía de Windstar se percibe desde el primer instante. El embarque transcurre con una tranquilidad poco habitual. No hay mucha gente avanzando por las terminales, ni colas esperando turno. En apenas unos minutos nos encontramos ya a bordo, observando el puerto desde una cubierta que pronto comenzará a convertirse en nuestro hogar flotante.
Con capacidad para únicamente 342 huéspedes, el Wind Surf pertenece a una categoría cada vez más valorada por los viajeros experimentados, la de los pequeños barcos de lujo. Un segmento que no busca competir con los grandes complejos flotantes, sino ofrecer una alternativa basada en la exclusividad, la autenticidad y el acceso a destinos que permanecen fuera del alcance de los gigantes del mar.
La propia historia de la naviera ayuda a entender este posicionamiento. Windstar ha construido durante décadas una reputación sólida entre los viajeros que valoran la experiencia por encima de la espectacularidad. Actualmente opera una flota formada por tres veleros y varios yates, todos ellos caracterizados por su tamaño contenido y su capacidad para acceder a puertos y fondeaderos inaccesibles para barcos de mayor dimensión.
Su clientela refleja perfectamente esta filosofía. A bordo encontramos viajeros procedentes principalmente de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia y diversos países europeos. Muchos son repetidores. Algunos acumulan decenas de cruceros con distintas compañías y han elegido Windstar precisamente porque ofrece algo diferente. Otros llegan atraídos por el encanto de navegar en un velero. Lo que todos parecen compartir es una cierta manera de entender los viajes, con curiosidad, con calma y con un interés genuino por los destinos.
El ambiente a bordo resulta relajado desde el primer momento. No existe formalidad excesiva ni protocolos innecesarios. Tampoco hay una búsqueda permanente de entretenimiento. La sensación es la de encontrarse en un elegante yate privado donde cada pasajero dispone del espacio y el tiempo necesarios para disfrutar de la travesía a su propio ritmo.

Esa atmósfera se ve reforzada por una tripulación que consigue uno de los equilibrios más difíciles de alcanzar en la industria, ofrecer un servicio extremadamente atento sin resultar invasiva. Apenas han transcurrido unas horas y muchos miembros del personal ya conocen el nombre de los pasajeros. Las preferencias comienzan a memorizarse de manera natural. Un café determinado por la mañana. Una mesa favorita durante la cena. Un vino concreto al final de la jornada. Son pequeños detalles, pero precisamente son esos detalles los que terminan definiendo la experiencia.
Cuando el barco abandona Barcelona llega uno de los momentos más esperados del viaje. Poco a poco las velas comienzan a desplegarse sobre los cinco mástiles. Los pasajeros ocupan las cubiertas exteriores mientras la característica banda sonora asociada al Wind Surf acompaña la maniobra. Durante unos minutos todas las conversaciones parecen detenerse. La escena posee algo de ceremonia colectiva, quizá porque conecta con una imagen profundamente arraigada en nuestra imaginación, o porque nos recuerda que durante siglos las velas fueron el único medio para cruzar los océanos. O quizá simplemente porque contemplar cómo estas enormes superficies blancas se despliegan sobre el cielo mediterráneo sigue siendo un espectáculo extraordinariamente bello. Sea cual sea la razón, resulta difícil no emocionarse. Y es precisamente en ese instante cuando el Wind Surf deja de ser simplemente un barco para convertirse en una experiencia.
La vida a bordo transcurre con un ritmo pausado que invita a redescubrir el placer de las cosas sencillas. Las mañanas suelen comenzar en el Yacht Club, uno de los espacios más agradables del barco. Situado en la parte superior, ofrece vistas panorámicas y un ambiente luminoso que resulta perfecto para desayunar mientras se contempla la llegada a puerto.
A diferencia de otros barcos donde el desayuno puede convertirse en una operación logística, aquí todo parece fluir con naturalidad. Fruta fresca, bollería recién horneada, platos preparados al momento y un servicio atento crean el escenario ideal para comenzar la jornada.
Si existe un espacio que simboliza la filosofía de Windstar, ese es la marina desplegable situada en la popa del Wind Surf. Lejos de concebir el mar como un simple paisaje que contemplar desde cubierta, la compañía invita a sus huéspedes a formar parte de él. Cuando las condiciones meteorológicas y operativas lo permiten, el barco despliega una espectacular plataforma flotante que transforma la popa en una auténtica marina privada sobre el agua.
La estructura hinchable, conectada directamente al barco, crea un espacio seguro y exclusivo desde el que los pasajeros pueden acceder al mar Mediterráneo para nadar, practicar paddle surf, kayak o simplemente disfrutar de un baño en aguas abiertas. La escena resulta difícil de asociar a un crucero convencional. No hay muelles, ni playas, ni excursiones organizadas. Sólo el barco fondeado en una tranquila bahía y decenas de pasajeros aprovechando una experiencia que recuerda más a la vida a bordo de un gran yate privado.

Durante estas jornadas, la popa se convierte en uno de los lugares más animados del barco. Algunos optan por deslizarse directamente al agua para nadar alrededor del Wind Surf, mientras otros prefieren explorar la costa desde una tabla de paddle surf o un kayak. La tripulación supervisa permanentemente las actividades, garantizando que la experiencia se desarrolle con total seguridad.
Más allá del componente lúdico, esta marina flotante refleja perfectamente el posicionamiento de Windstar dentro de la industria. En lugar de añadir atracciones espectaculares o grandes infraestructuras de entretenimiento, la naviera apuesta por acercar a sus huéspedes al entorno natural que les rodea. Es una propuesta sencilla, pero extraordinariamente efectiva, porque permite experimentar el mar de una manera directa y auténtica. Para muchos pasajeros, ese baño en aguas cristalinas desde la propia popa del barco termina convirtiéndose en uno de los recuerdos más memorables del viaje. No es casualidad que esta experiencia sea una de las más fotografiadas y comentadas a bordo.
Las horas posteriores suelen estar dedicadas a la exploración de los destinos. Y es precisamente ahí donde el tamaño del Wind Surf marca una diferencia fundamental. La primera escala nos lleva hasta Sète, una ciudad que representa a la perfección la autenticidad mediterránea que Windstar busca incorporar a sus itinerarios.

Conocida a menudo como la Venecia del Languedoc por sus canales, Sète conserva una personalidad marcadamente marinera. La actividad pesquera sigue siendo parte esencial de la vida cotidiana y eso se percibe en sus mercados, en sus restaurantes y en la relación constante que la ciudad mantiene con el mar. Pasear por sus calles permite descubrir una Francia muy diferente de la que suele aparecer en las postales turísticas. Aquí predominan los cafés frecuentados por residentes, los barcos pesqueros que descargan sus capturas y una atmósfera genuina que resulta cada vez más difícil de encontrar.
La llegada del Wind Surf encaja perfectamente en este escenario. Sus dimensiones permiten una integración natural con el puerto y la ciudad. Séte ofrece compras, gastronomía y paisaje relajado de ciudad mediterránea.
Uno de los aspectos más interesantes de Windstar es que la gastronomía no se presenta como un simple complemento, sino como una parte esencial del viaje. Cada restaurante posee personalidad propia y contribuye a enriquecer la experiencia general.
Amphora, el restaurante principal, constituye el corazón culinario del barco. Su elegante decoración y su atmósfera relajada permiten disfrutar de cenas prolongadas donde el protagonismo recae en el producto y la ejecución. La carta combina propuestas internacionales con guiños a los destinos visitados, creando una experiencia coherente con la filosofía general de la compañía.
Stella Bistro ofrece una aproximación diferente. Inspirado en la tradición gastronómica francesa, propone platos cuidadosamente elaborados que encuentran un encaje perfecto en una navegación por el Mediterráneo occidental. El ambiente más íntimo del restaurante favorece cenas tranquilas y conversaciones prolongadas.

Pero si existe un espacio capaz de resumir la esencia romántica del Wind Surf ese es Candles. Cada noche, una parte de la cubierta exterior se transforma en un elegante restaurante al aire libre. Las mesas aparecen iluminadas suavemente mientras el mar se extiende alrededor del barco. La brisa mediterránea, el sonido del agua y la calidad de la cocina crean una experiencia difícil de igualar. Cenar bajo las estrellas mientras el barco navega silenciosamente frente a la costa francesa o española constituye uno de esos momentos que permanecen en la memoria mucho después de regresar a casa.
El siguiente destino del viaje es Collioure. Si Sète representa la autenticidad, Collioure encarna la belleza. Pocas localidades mediterráneas reúnen tanta personalidad en un espacio tan reducido. Situada a escasos kilómetros de la frontera española, esta pequeña población del Rosellón ha cautivado durante generaciones a artistas, escritores y viajeros.
La llegada por mar permite apreciar plenamente la armonía de su paisaje. Las fachadas de colores se agrupan alrededor de la bahía mientras el campanario de Notre-Dame-des-Anges se alza junto al agua. El castillo real domina la escena recordando siglos de historia compartida entre Francia y la Corona de Aragón. Caminar por Collioure es hacerlo a través de un escenario que parece diseñado para inspirar. No resulta difícil comprender por qué Henri Matisse y André Derain encontraron aquí algunos de los paisajes más influyentes del movimiento fauvista.
Pero Collioure no es sólo un refugio para artistas y amantes del Mediterráneo. También ocupa un lugar especial en la memoria colectiva española. A pocos pasos del centro histórico se encuentra el cementerio donde reposan los restos de Antonio Machado, fallecido en la localidad el 22 de febrero de 1939 apenas unas semanas después de cruzar la frontera francesa huyendo de la Guerra Civil. Su tumba, sencilla y siempre adornada con flores, cartas y mensajes dejados por visitantes de todo el mundo, se ha convertido en uno de los lugares más emotivos de la ciudad. La visita permite acercarse no sólo a la figura de uno de los grandes poetas de la literatura española, sino también a uno de los episodios más dramáticos de la historia contemporánea de España. Para muchos viajeros españoles que llegan a Collioure, detenerse unos minutos ante su sepultura constituye una experiencia cargada de simbolismo y emoción, un recordatorio de cómo la literatura, la memoria y el exilio siguen formando parte del alma de este pequeño rincón del Mediterráneo.
El destino ejemplifica además una de las grandes fortalezas de los pequeños barcos. Mientras los grandes buques se ven obligados a concentrarse en puertos capaces de gestionar volúmenes, el Wind Surf puede acceder a lugares donde la experiencia turística conserva una escala mucho más humana. Es una diferencia que no siempre aparece reflejada en los folletos, pero que termina definiendo profundamente la calidad del viaje.
De vuelta a bordo, la tarde invita a disfrutar de otro de los grandes lujos del Wind Surf, el tiempo. Tiempo para leer en cubierta, tiempo para conversar,t iempo para observar cómo cambia la luz sobre el mar y tiempo para no hacer absolutamente nada.
La última escala del itinerario nos lleva hasta Tarragona.
Para muchos pasajeros internacionales constituye un descubrimiento. Aunque Barcelona suele monopolizar gran parte de la atención turística en Cataluña, Tarragona posee argumentos más que suficientes para reivindicar su protagonismo. Su legado romano resulta excepcional. Las murallas, el circo, el anfiteatro frente al mar y el conjunto arqueológico declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO convierten la visita en una auténtica inmersión histórica. Sin embargo, Tarragona también representa algo más.
Durante los últimos años la ciudad ha reforzado progresivamente su posición dentro del sector crucerístico. La apuesta por infraestructuras modernas y una estrategia orientada hacia productos de calidad ha comenzado a atraer el interés de diversas compañías y Windstar ha sido una de ellas. La ciudad reúne muchas de las características que buscan actualmente las navieras boutique. Patrimonio, gastronomía, accesibilidad, autenticidad y una escala perfectamente compatible con el modelo operativo de barcos como este.

Mientras el viaje se aproxima a su final, resulta inevitable reflexionar sobre el lugar que ocupa este barco dentro de la industria actual. El sector de los cruceros vive uno de los periodos de mayor crecimiento de su historia. Los pedidos de nuevos buques continúan aumentando y las cifras de pasajeros alcanzan récords año tras año. Sin embargo, paralelamente a ese crecimiento también se está consolidando una demanda cada vez más sofisticada. Muchos viajeros buscan experiencias más personales, menos masificadas, más conectadas con los destinos y más cercanas al concepto tradicional de viajar. Es precisamente ahí donde Windstar encuentra su espacio.
El Wind Surf no compite con los gigantes de la industria porque no necesita hacerlo. Juega una partida diferente. Una partida donde la exclusividad no se mide por el tamaño de una suite, sino por la calidad de la experiencia. Donde el lujo no consiste en acumular opciones, sino en disponer de tiempo, espacio y tranquilidad. Donde navegar sigue siendo tan importante como llegar. Quizá por eso continúa despertando admiración décadas después de su entrada en servicio. Porque mientras buena parte de la industria mira hacia el futuro buscando constantemente la próxima innovación, el Wind Surf ha comprendido algo fundamental, que algunas de las mejores experiencias de viaje siguen siendo las más sencillas. Desplegar las velas al atardecer, descubrir un pequeño puerto mediterráneo, compartir una cena bajo las estrellas y sentir el mar como una presencia constante y no como un simple paisaje.
En definitiva, recordar que, en ocasiones, el verdadero destino no es el puerto al que llegamos, sino la manera en que decidimos recorrer el camino.
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