Transoceánicos, cuando navegar y la vida a bordo lo son todo

El incremento de las flotas de cruceros ha convertido a los océanos en grandes autopistas.

Reportaje perteneciente a la revista CruisesNews

Decenas de cruceros deben cruzar cada año los mares para reposicionarse según la temporada, a los que hay que sumar la oferta regular transatlántica de Cunard. Se trata de travesías recomendadas para cruceristas con rodaje, capaces de disfrutar como nunca de lo que ofrece un barco, de sentir el poder balsámico de las olas y los infinitos horizontes azules.

Cinco o seis días sin pisar tierra pueden ser una bendición o un castigo para un viajero. Ni siquiera los cruceristas repetidores pueden estar preparados para la aventura si lo suyo es descubrir escalas a destajo y cronometro en mano.

Qué decir de los hiperactivos o claustrofóbicos. Porque embarcarse en un crucero transoceánico llega a ser un viaje tan interior como físico. Es un detener el tiempo. Olvidar horarios, madrugones e imposiciones y dejar que el cuerpo dicte cada día su voluntad. En tiempos de prisas, de hiperconexión digital, de estrés y autoexigencias…, navegar entre continentes en modo ‘slow’ es tanto una experiencia como un regalo a uno mismo.

Se estima que unos 5.000 españoles se embarcan anualmente en estas travesías.

Sobre las rutas transoceánicas no se escribe mucho, ni se comenta mucho, ni promocionan mucho. Lo cierto es que en España aún tienen poco recorrido, ya que el mercado crucerístico no tiene suficiente madurez en general como para pensar solo en el barco y el mar, prescindiendo de los destinos e invirtiendo al menos dos semanas en la aventura. Se estima que unos 5.000 pasajeros nacionales se embarcan anualmente en estos itinerarios. Suponen un porcentaje muy menor entre los 510.000 españoles que el año pasado convirtieron al país en el cuarto país emisor de Europa. Quien suscribe este reportaje cruzó el Atlántico el pasado otoño en un gran buque sin coincidir con un solo español. Por el contrario, norteamericanos, ingleses o alemanes, más curtidos en las vacaciones en el mar, lo contemplan como un sosegado viaje comparable a desconectar en una isla con todas las comodidades. 

Para muchos españoles, además, en sus viajes prevalece la idea de ganar tiempo: ¿Para qué gastar 12 o 15 días en llegar del Mediterráneo a EE.UU. pudiendo hacerlo en ocho horas de avión? Ese periodo –una duración típica de ruta transatlántica no regular- incluye unas pocas escalas pero implica unos seis días de navegación continuada, más algún otro día entre escalas. Más todavía si es un barco de poco tonelaje. Quien tenga este planteamiento de premuras de tiempo debe olvidar los transoceánicos, porque cuando se elige esta opción no hay que pensar en el transporte, sino en la vida a bordo, la desconexión literal, el reseteo mental. Y, sobre todo, la experiencia real de la navegación sin tregua y del conocimiento del buque como no permite ningún tipo de crucero convencional.

Dos perfiles
En la actualidad, esta modalidad de ruta tiene dos opciones de viaje diferenciadas. Una es el transatlántico en el sentido literal de la palabra, que solo ofrece la naviera Cunard con el Queen Mary 2 y que supone viajar de Southampton (Londres) a Nueva York (EE.UU.) o viceversa en ocho días (siete noches) del tirón, con frecuencias regulares a excepción de los meses de invierno en que la nave realiza la vuelta al mundo o algunos cruceros puntuales. 

Son una buena manera de disfrutar y descubrir a fondo los barcos más grandes del mundo.

La otra son los itinerarios de reposicionamiento a largas distancias, cuando finaliza la temporada alta de una zona y los barcos se dirigen a nuevos puertos base en otros continentes. El mayor flujo se desarrolla entre Europa y Estados Unidos, en dos periodos clave: marzo-abril y octubre-noviembre. En primavera son los barcos de la zona Caribe los que se desplazan al Viejo Continente, mientras que en otoño regresan a puertos americanos los buques que han pasado el verano en la zona del Báltico y el Mediterráneo.

Con la apertura de nuevos mercados crucerísticos, en los últimos años también se han incrementado las rutas largas de reposicionamiento entre Canadá/Estados Unidos y Asia. Cruceros que según el calendario surcan aguas de Alaska o la costa oeste de EE.UU., o bien se pasan al sudeste asiático o a los pujantes itinerarios de Japón y China. No obstante, la ruta de Europa a América es la más ‘transitada’. 

Un Mundo de Cruceros, uno de los principales operadores de cruceros en España –y representante en exclusiva de navieras como Holland America Cruise Lines, Carnival Cruises o Disney Cruises—constata que esta modalidad apenas es conocida por el crucerista español, aunque este empieza a dar señales de ‘evolución’ en aspectos como son las reservas con más antelación, apunta Juan Rodero, su máximo responsable. Este paso lleva a pensar que cada vez se planifica más pronto el viaje (como precisan las largas rutas) y que con el tiempo, el usuario de cruceros experimentado querrá cuando menos probar la propuesta de una navegación larga y que implica una ida o regreso en avión.

Algunas navieras ofrecen rutas temáticas para profundizar en naturaleza, arte, música o gastronomía.

En este sentido, la irrupción de las aerolíneas ‘low cost’ de larga distancia ha sido el mejor impulso para la oferta marítima. Y es que con aerolíneas como Norwegian o Level, por ejemplo, resulta muy económico comprar un vuelo de un solo trayecto entre ambos continentes. Un ejemplo: Ir de Miami a Barcelona puede costar menos de 200 euros si se reserva con suficiente antelación. Y un crucero entre ambos puertos puede estar por debajo de los mil euros. 

Siguiendo con la casuística que ilustra el tema, desde Un mundo de Cruceros apuntan que solo Holland America tiene ocho buques en Europa que este otoño cambiarán de zona, ya que la compañía no mantiene itinerarios de invierno en el Mediterráneo. El operador calcula que más de un centenar de travesías enlazarán este año los dos continentes.

Datos variables
Los transoceánicos suponen solo una pequeña parte del negocio crucerístico y es por ello que reciben poco mimo desde navieras y agencias de viajes. La Asociación Internacional de Líneas de Crucero (CLIA), que aglutina a la práctica totalidad de las navieras, estima que en los últimos años este segmento ha oscilado entre los 4.000 y 7.000 viajeros españoles al año. La oscilación se basa sobre todo en que alguno de los mayores buques del mundo (como la clase Oasis de Royal Caribbean) estén o no en el Mediterráneo una parte del año. La inmensidad y atractivo de barcos como estos atraen a nuevos viajeros que quieren disfrutar de todo su entretenimiento. La travesía transatlántica se convierte en una oportunidad única para descubrir estas miniciudades.

Alfredo Serrano, director de CLIA en España explica un detalle significativo al respecto: No hace tanto, de hecho, que compañías como la española Pullmantur movían sus barcos de zona sin pasaje, hasta que apreciaron que había público para’ cruzar el charco’ y empezaron a comercializarlo. Pero al representar a lo sumo dos de los muchos trayectos que hace un crucero al año (en el caso de EE.UU.-Europa), los agentes de viaje no los suelen ofrecer a los clientes; son estos los que, sobre todo online, buscan y se interesan directamente en las rutas. En este sentido, apunta Serrano, es uno de los productos que se reservan “con más anticipación”, al precisar de bastantes días disponibles e implicar vuelos intercontinentales.

Quien se decida a buscar información o reservar un transoceánico descubrirá que los precios son muy atractivos. Al no ser viajes muy populares, las navieras son agresivas con estas tarifas y no es extraño que en algunos casos viajen a media capacidad. 

El único transatlántico como tal es el Queen Mary 2, con rutas regulares casi todo el año.

Y es que el consumidor de estos itinerarios ofrece algunas particularidades, como reflexionan desde otro importante operador, Mundomar Cruceros. Agustín Quesada, director general, diferencia claramente al viajero de transatlántico puro, que se embarca en el QM2 de Cunard para viajar entre Southampton y Nueva York (sin escalas), por el puro disfrute de la experiencia única de la ruta a bordo, con el carácter que imprime Cunard, el tipo de nave y las connotaciones históricas y emocionales que tiene esta travesía.

Por contra, mantiene, el viajero en transoceánico elige barco en función de la ruta más o menos atractiva, de las ofertas, o las características de la nave, existiendo opciones totalmente diferentes en la vivencia a bordo. Así, es posible que a bordo se encuentre un perfil de público distinto al habitual de la naviera o, como en el caso de los que van de Europa a Suramérica, viajen muchas personas residentes en el punto de destino y que lo utilizar como transporte y para poder llevar consigo grandes equipajes. Otro usuario común es el que no le gusta volar e intenta hacer viajes largos con los mínimos aviones. En ocasiones enlazando luego nuevos cruceros, sea en el Mediterráneo o el Caribe, por ejemplo.

Un poco de historia
El caso de Cunard tiene un fuerte elemento emocional porque reproduce una ruta iniciada en el siglo XIX y que significó la conexión de Europa con América. La naviera de origen británico cubre esa travesía desde 1840 y durante décadas fue la más rápida en ejecutarla. Poco tiene que ver la proeza inicial (en barco de vapor, el SS Unicorn, a unos 8 nudos y en dos semanas de navegación) a la configuración actual, más rápida y cómoda. Ese mismo año el Britannia abriría paso a las rutas con pasajeros que harían historia, entre Liverpool y Halifax. Habría que esperar a casi finales de siglo para reducir a seis días la travesía. Pero durante casi dos siglos la compañía no solo ha ejemplificado los avances tecnológicos, sino también humanos y sociológicos de la experiencia transatlántica.

Se calcula que uno de cada seis estadounidenses son descendientes de inmigrantes que cruzaron el Atlántico en busca de un sueño. Ese itinerario marítimo fue durante mucho tiempo una vía para llegar a los Estados Unidos, multiplicó la interacción comercial entre continentes, participó en los rigores –y hundimientos- de las guerras, y sufrió a mitad del siglo XX el azote de la entrada en escena de la competitiva aviación civil. Fue un espejo social de las clases económicas, reproducidas en sus categorías de alojamiento (de las suites a los camarotes múltiples y con distintas zonas de uso), pero reflejó la evolución de lo que nació como transporte y derivó en travesía de placer, donde el tiempo a bordo era un tesoro lleno de entretenimientos. 

En itinerarios con diferentes latitudes se aprecian mejor los cambios en el mar, el cielo y el viento.

No hay que olvidar que ya en 1922 (y frente a una notable competencia en términos de velocidad –por hacerse con la Banda Azul- y tamaño), Cunard fue pionera en la vuelta al mundo y en perfilar el sentido más hedonista de la navegación: el crucero como viaje de placer. 

Durante años el Queen Elizabeth 2 fue el único que mantuvo la ruta transatlántica, que no habría de extinguirse sino de revigorizarse cuando en 1998 la compañía fue adquirida por la corporación Carnival y el Queen Mary 2 empezó a escribir, en el 2004, un nuevo capítulo de su historia. Le seguirían el Victoria y un nuevo Elizabeth, pero es el QM2 el que a día de hoy recorre sin cesar la mítica ruta, entre abril y diciembre. 

Cuenta Quesada que su ingeniería (nacido para cruzar el Atlántico, romper las olas y con cuatro estabilizadores en lugar de dos, velocidad hasta 30 nudos), ya hace diferente la experiencia. El QM2 viaja con buen y mal tiempo, con neófitos o mitómanos y con nostálgicos fieles, con precios estratosféricos en supersuites o con ofertas desde apenas 750 euros en categoría interior… Pero la experiencia y el disfrute de los espacios comunes es universal para el pasaje. Todo el diseño interior ha sido concebido para mejorar la experiencia de transporte y la sensación de estabilidad. No encontrarán aquí un buffet panorámico en lo alto junto a la piscina.

Quien sabe apagar el móvil y el ordenador, tiene opción a ralentizar su tiempo y entregarse a la vida a bordo sin prisas, presiones ni agenda obligatoria.

En este marco, la experiencia de entrar en Nueva York y ponerse en la piel de aquellos inmigrantes de un siglo antes, contemplando la isla de Ellis o la estatua de Libertad, resulta impagable para los viajeros al amanecer.

En sentido contrario, la ruta ofrece un plus añadido que es del shopping en Nueva York y el regreso sin temor al exceso de equipaje…

Por alta mar, el QM2 –recientemente renovado- ejemplifica el relax, el placer de la travesía, el tiempo ampliado (desde Europa se gana una hora por día), el disfrute de salones y bares de elegancia clásica, el sosegado ambiente a bordo, el lujo de un gran tamaño (151.000 tm) para unos 2.600 viajeros a lo sumo, la gastronomía Premium y el cotizado plus de la cultura. Porque muchas salidas son temáticas y cuentan con excelentes conferenciantes o expertos (desde naturaleza hasta moda), amén de la música en directo o el glamour de sus galas nocturnas.

Complejidad logística
Cualquier otra naviera, en cambio, diseña sus buques para cruceros y no específicamente para viajes transoceánicos que acaban siendo puntuales recorridos largos muy cómodos pero que precisan una logística especial: despensas llenas para no repostar durante días, más limitación en general en los perfiles de viajeros (recta final de embarazo, bebés de pocos meses, enfermos con patologías que pueden precisar asistencia urgente…), mucha planificación de actividades para abarcar jornadas completas de entretenimiento o incentivos gastronómicos… 

El viajero debe concebir las largas jornadas de navegación como una desconexión.

En los últimos tiempos, ha crecido la opción de viajar rumbo a América con el foco en Brasil de la mano sobre todo de MSC Cruceros, mientras que las navieras norteamericanas copan los regresos hacia puertos de Florida, alineando tanto a grandes barcos como a pequeños de lujo donde la navegación en mayúsculas –con evidente menor entretenimiento- y los servicios a bordo pasan a ser la esencia del periplo.

Desde el punto de vista marítimo, las rutas transoceánicas son un deleite también para amantes y observadores de la naturaleza. La percepción varía mucho en función de la ruta, destaca el experto capitán Antonio Toledo, pero a buen seguro se percibirán algunos cambios en el color del mar (por las temperaturas y corrientes), las constelaciones en el cielo y los vientos.

Los cambios serán más notorios e impactantes cuando se producen variaciones de latitud, entre norte y sur, a la par que de hemisferio, enfatiza. Un espectáculo marcado por el cruce del Ecuador. O la vivencia medioambiental de encontrarse en zona meridional, ecuatorial o tropical, por ejemplo. Es una de las razones por las que el equipaje debe hacerse con conocimiento de causa. Sin olvidar que en pleno océano, sin accidentes geográficos, las condiciones locales de la nubosidad son menos cambiantes. El panorama del mar y el cielo infinito sobrecoge incluso al marinero más rodado. 

El transoceánico de reposicionamiento más común enlaza Europa y Estados Unidos, en primavera y otoño.

Cuenta este capitán, uno de los pocos españoles a cargo de un gran crucero, que la velocidad media se suele situar entre los 13 y 16 nudos, aunque las diferencias son muy sustanciales en función de la distancia y el tiempo para cubrirla. Como siempre, se prepara una ruta optimizada que permite barajar ambas variables, incorporando un elemento clave: la meteorología. Las nuevas tecnologías permiten combinar todos los elementos y hacer la mejor previsión, que igualmente conllevará cambios en función del cambiante parte meteorológico.

Estas rutas puede conllevar elegir un trazado loxodrómico (en línea recta sobre la carta de navegación pero en realidad más larga al ser curvo el planeta) u ortodrómica, que sigue la curva de la superficie terrestre e implica ir trazando puntos para tomar esa curva. La segunda implica un ahorro de combustible, aunque siempre estará condicionada por el eventual mal tiempo. 

En este sentido cabe destacar que la informática ha revolucionado no solo la navegación y las posibilidades de anticipación (una tormenta se puede evitar con un cambio de ruta), sino también la experiencia del viajero. La desconexión ya no es real, con canales de televisión por satélite ni, mucho menos, con los servicios de wifi que mantienen un cordón umbilical con el mundo que durante muchos años se interrumpía unos días. Pero quien sabe apagar el móvil y el ordenador, tiene opción a ralentizar su tiempo y entregarse a la vida a bordo sin prisas, presiones ni agenda obligatoria.

Los principales puertos
El crucerista que se decante por estas vacaciones encontrará opciones en casi todas las navieras. A un lado de la balanza tendrá que poner las características del barco, el estilo de la naviera y sus precios. Al otro, las pocas escalas en las que recalará por el camino y su interés, así como la comodidad de llegar o zarpar desde un determinado puerto. Desde España es posible encontrar numerosas posibilidades, tanto desde Barcelona como puertos de la comunidad valenciana y andaluces. Muchas navieras permiten embarcar en estas escalas aunque el buque venga, por ejemplo de Italia. De camino hacia el Atlántico, puertos como Cádiz, Málaga o Gibraltar son bastante frecuentes. Posteriormente y para aligerar esta travesía, es común hacer una escala en Portugal, sobre todo en Madeira, o Ponta Delgada. Si el destino es EE.UU., en numerosas ocasiones la ruta ya será directa hasta Fort Lauderdale, Miami o Tampa. Nueva York es menos frecuente en este sentido.

No obstante, algunas navieras prefieren recalar primero en Bermudas, u otras tienen destinos directos a Cuba (MSC, por ejemplo) o Guadalupe (Costa Cruceros). No es extraño tampoco, en travesías algo más largas de 16 o 17 días, realizar varias paradas en puertos caribeños antes de llegar a Norte América.

Las rutas marítimas se optimizan para adaptarlas a las condiciones meteorológicas.

Más allá de esta duración y cuando el viaje ya se concibe como un combinado perfecto de reposicionamiento transatlántico más crucero convencional, existen este año muchas tentadoras ofertas. Por citar un ejemplo, la salida del Oceania Riviera desde Barcelona en noviembre que ofrece dos versiones, invirtiendo 14 noches para llegar a Miami tras recalar en varios puertos españoles (incluida Canarias) antes de cruzar el océano en cinco días y visitar Puerto Rico y Bahamas, o bien continuar a bordo en Miami y saliendo ese mismo día hacia Aruba, Bonaire, Grenada, Santa Lucía, St. Kitts y Sant Marteen, antes de regresar a Florida, sumando 26 días de ruta.

Otra ruta singular del año, el pasado mayo, fue descubrir el nuevo Horizon de Carnival en un viaje de 14 días entre Barcelona y Nueva York. O descubrir algunos de los mayores y más novedosos buques en rutas atractivas: desde Copenhague hasta Nueva York en septiembre en el Regal Princess o también en el Meraviglia de MSC. Esta misma compañía oferta el novísimo Seaview de Barcelona a Santos (Sao Paulo). Sin olvidar el mayor del mundo, el Symphony of the Seas de Royal Caribbean, volviendo de Barcelona a Puerto Cañaveral en 12 noches en octubre. Vía Bermudas, el inminente Azamara Pursuit también irá de la capital catalana a Miami en 14 noches en noviembre.

Los precios suelen ser competitivos porque no todo el mundo quiere pasar seis días navegando.

Y quienes tengan vista esta inmersión atlántica, pueden apostar por largas rutas o reposicionamientos que recuerdan (con más escalas) a un crucero convencional. De Dubai a Singapur con Azamara (con máximo tres jornadas de navegación continuada), de Australia a Sudáfrica con Crystal Cruises, de Alaska a Japón con Silversea o Windstar… o de Japón a Canadá con Holland America o NCL, entre otros. En todos ellos, con muchas millas en azul marino y la sensación única de estar en medio de la nada. Pero sin que falte de nada.

13 claves para disfrutar de un crucero transoceánico

  1. Combinar la vida dentro del barco y en sus exteriores. Incluso si la meteorología no acompaña, hay que disfrutar de los cambios ambientales: estar atento a los distintos cielos estrellados, al color del mar, a la temperatura del viento… Sentir la naturaleza no solo es reconfortante, sino que evitará la sensación de encierro que puede experimentarse si no es una travesía soleada. A bordo, se programan decenas de actividades para quien no tenga ganas de permanecer en su camarote.
  2. Desconectar en la medida de lo posible móviles y ordenadores. Varios días de navegación son una oportunidad de relax y reencuentro con uno mismo, al margen del entretenimiento que ofrezca el buque. Para una inmersión completa en la aventura, lo mejor es olvidarse de lo que acontezca en tierra.
  3. Llevar un (o más) buen libro en la maleta. En las horas de solaz uno puede permitirse disfrutar de su camarote sin prisas y de una buena lectura. No importa que tenga mil páginas, luego se puede donar a la biblioteca del barco.
  4. Preparar con cabeza el equipaje. Hay que tener en cuenta las diferentes temperaturas que se experimentarán. Solo en el QM2 se puede viajar de zona fría a zona fría en pleno invierno. En los reposicionamientos normalmente convivirán el calor caribeño o de Florida (con algún posible chubasco) con temperaturas suaves en Europa, propias de primavera u otoño. Es decir, mucha manga corta y alguna prenda de medio abrigo bastan. Y añadir paraguas y medicamentos básicos.
  5. Hacer amigos. Aunque uno vaya a la suya, tantos días a bordo facilitan hacer contactos de muchos países y poner en práctica sobre todo el inglés. Muchas amistades acaban con un reencuentro en otro crucero.
  6. Elegir bien el barco (tamaño y naviera), teniendo en cuenta nuestros intereses. La edad media del crucerista a nivel mundial es de 47 años, pero en los transoceánicos es más alta porque no muchas personas pueden tomarse vacaciones largas. Normalmente habrá bastantes viajeros maduros y muy pocas familias (suele ser época escolar), pero algunas navieras tienen perfiles más jóvenes y con más diversión a bordo; mientras que otras están especializadas en una oferta más tranquila, que para algunos podría conllevar aburrimiento.
  7. Olvidar el reloj. Es un gusto dejar que el cuerpo decida a voluntad y sin obligaciones por unos días. Hay las suficientes opciones de gastronomía y ocio para funcionar a deshoras incluso, evitando los momentos de más aglomeraciones.
  8. Prestar atención a la oferta gastronómica. Con tantos días de navegación es importante que la restauración nos encaje y conocer de antemano la propuesta del buque. A más variedad de restaurantes, menos posibilidad de cansarse y más incentivos gastronómicos por descubrir. También es importante primar un buen servicio a bordo. 
  9. Ojo con la letra pequeña. En un crucero de 14 a 17 días es vital atar al máximo los gastos extra. Buscar paquetes completos, porque el consumo de bar puede dispararse, así como el de actividades deportivas dirigidas. Otro tanto sucede con el wifi. Un barco de lujo (todo incluido)con alguna oferta puede acabar resultando rentable.
  10. Averiguar la oferta audiovisual a bordo. Hay navieras que ofrecen películas a la carta en el camarote sin coste, y conexión a canales en castellano. Puede ser importante si queremos ampliar las opciones de ocio gratuito.
  11. Investigar las opciones temáticas. Si uno es un amante de la ópera, de la vida natural, de la moda, del golf… posiblemente encuentre una ruta larga tematizada, donde hallará actividades, charlas y talleres al respecto.
  12. Reservar con antelación. Al margen de posibles ofertas de última hora, para realizar un buen combinado de vuelo, crucero y hoteles previos o posteriores a la salida conviene preparlo con tiempo para lograr un buen precio. Sobre todo si hay un interés específico en una ruta. 
  13. Estar atentos a los avistamientos. Es tan emocionante descubrir las aves que nos siguen (el rastro de comida) como la fauna marina o como atisbar a lo lejos otro barco (dos puntos minúsculos en medio del océano) que de pronto se saludan sonoramente.

Principales puertos de las rutas transoceánicas (Clic en imagen para ampliar)

Las aerolíneas low cost son un impulso para la oferta marítima. Ir de Miami a Barcelona puede costar menos de 200 euros si se reserva con suficiente antelación.

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